Casa desahuciada

25 de junio de 2009

Estoy cansado de las casas, prontamente en ruinas sin un gesto.

Luis Cernuda

I

De golpe, aprender a avanzar humillado por lo que fue tu barrio hasta ese día, saliendo de la casa con la herida amarilla de quien todo arriesgó -los vecinos se asoman tan contentos de poder contemplar otro deshaucio-, de repente, una herida indolora, las grietas de un diciembre fin de siglo. Es más diciembre ahora que hace un año. A mi espalda la casa - más diciembre también, más aterida - parece que se queja del expolio que sufren sus paredes, sin tachones de luz por los rincones, sin ropa preparada en los armarios, sin recuerdos de ti, sin tus recuerdos. Por todo el bulevar hombres por cuya edad ya nadie se interesa lanzan con fuerza al aire sus cañas. Quieren rescatar la memoria de un tiempo en el que el río no era un río sino puerto de mar con distintos marinos trajinando. El que pierde un hogar no lo ha perdido todo. Mirad, si no, este atardecer distinto, con las luces que anuncian la ciudad después del río. Junto al perfil dorado de una iglesia católica la estación, que de lejos asemeja un palacio, abre sus puertas centenarias. Veo llegar el barco. En un momento estaré allí.

II

El que pierde un hogar nunca lo pierde todo, porque suma al final un punto de esperanza: son los latidos últimos del que aún no se rinde aunque diciembre. Es más diciembre ahora que hace un año, y sin embargo nadan todavía los patos por los rincones del embarcadero. Alguien les lanza migas y por cientos acuden al banquete palomas y gaviotas. Insólitas, veloces, descienden desde el cielo. No sé de dónde vienen. Asomado al pretil hay un niño que observa ensimismado el río. Un barco de papel se desliza inseguro por el agua, oscila, se mantiene. No podrá resistir durante mucho tiempo el lamiente vaivén que deshace su frágil armazón, su simple arquitectura. Será apenas un lapso su existencia, pero su imagen flota como un sueño en los ojos del niño. La ilusión justifica su vida y una historia. La historia solamente es verdad cuando la cuenta un niño.

III

He perdido un hogar, la casa, los recuerdos. Pero vuelven los trenes que entoces, cuando niño, deseaba coger por ganar aventuras, por cumplir con los sueños. Por eso, hoy, entre sueños robados a mi propia niñez, me acerco a la otra orilla para ser el primero que te escriba unos versos, en esta hora de rápidas campanas que dividen los siglos, en este nuevo mundo, amor, sin ti. Y otra vez cruzo puentes, atravieso canales, dejo calles y plazas, y al acabar los fuegos que como un rito mágico iluminan el cielo abandonado, grito tu nombre fuerte, más fuerte que el estruendo de las celebraciones, y enfrente del palacio alzo mi copa, pobre, como si aún pudiera brindar en la distancia del deseo, como si aún quisieras brindar por mí. Amanece. Y el tiempo me traslada al pasado más reciente llevándome sin trampas al futuro. Y el pasado es un tren que tiene prisa por olvidar sus días de vieja maquinaria, cansado de volver constantemente a la misma estación, a los mismos andenes, con los mismos viajeros somnolientos y anónimos. Y el futuro es un tren que tiene prisa por estrenar sus días de nueva maquinaria, por conocer estaciones distantes y viajeros alegres y despiertos. Mas pasado y futuro, realidad y deseo, viajan en los mismos raíles que el presente.