Casa separada

9 de junio de 2011

Dividir una casa no resulta tan fácil, aunque a veces sea tan simple como comer percebes o levantar tabiques.   La nuestra era una casa sencillita y sin embargo grande, hecha a base de amores, madera, desamores, tierra y piedra, plantas y un limonero, trepadoras rebeldes y tus flores violetas. Y una vid. Y una higuera. En junio las silentes hormigas invadían la despensa con igual rapidez con la que un sueño ocupa nuestras noches o el Ejército Rojo conquistase un país.   Con tu declaración de desamor tuvimos que pensar en separarnos. Y aunque hablamos y hablamos buscando soluciones no descubrimos nada para salvar la crisis. Ni siquiera valían oraciones: “Señor de los Botines, Gran Mercado: Permítanme pagar esta hipoteca sin abusar de tipos de intereses, con justicia social, con gesto humano. Y si no devolverles las llaves del inmueble para que al fin podamos separarnos mi compañero y yo, y no estar condenados a compartir tu casa hipotecada por los siglos de los siglos. Amén.”   Así que decidimos seguir viviendo juntos -tú yacías encima, yo debajo- mas no como en los tiempos del amor sino de forma práctica: tú en nuestro dormitorio de la planta de arriba, y yo en el sofá-cama de invitados, abajo.   No creas, ya no importa. Conozco la firmeza que sustentan los muros que has alzado, e incluso compartiendo la cocina y los baños, la entrada y el portazo de salida, los pasos en la noche, los olores, me mantendré a distancia sin mencionar siquiera los sueños de mis sombras. Y mientras tanto el niño no se entera de nada...