Cuadernos del Tamarit: historia, significado y legado

17 de junio de 2025

Cuadernos del Tamarit: historia, significado y legado

Orígenes y continuidad de Poesía 70

Cuadernos del Tamarit es una colección poética nacida en Granada a principios de los años 90, impulsada por Juan de Loxa como continuación natural del espíritu crítico y creativo de Poesía 70, la revista y programa radiofónico que él mismo fundó en 1967.

Aquel programa, emitido en Radio Popular de Granada (después Cadena Cope) durante casi tres décadas, marcó a toda una generación. Premio Ondas en 1982, Poesía 70 integró palabra y música, belleza y resistencia, convirtiéndose en un refugio y un altavoz para la libertad poética en plena dictadura franquista.

La revista impresa, activa entre 1968 y 1970, funcionó como un auténtico laboratorio contracultural. A través de sus páginas se expresaron poetas, cantautores, diseñadores y agitadores culturales que buscaban ensanchar los límites de la palabra. Fue arte impreso en papel, pero también arte vivo en las ondas y en las calles.

Voces complementarias: poetas y cantautores del núcleo creativo

En torno a Poesía 70 se reunió una constelación de voces que marcaron una época. Entre quienes colaboraron con la revista o con el movimiento artístico que la rodeaba, destacan Luis Eduardo Aute, Carlos Cano, Joaquín Sabina, Carmelo Sánchez Muros, Elena Martín Vivaldi, José Luis Parra, Fanny Rubio, Justo Navarro, Antonio Carajal, Pedro Provencio, Enma de Cartosio y José García Ladrón de Guevara.

Muchos de ellos formaron parte, además, del colectivo que dio forma al Manifiesto Canción del Sur, una alianza entre poesía, canción de autor y compromiso social. Desde Granada, este grupo—en el que también participaron Antonio Mata, Enrique Moratalla, Nande Ferrer, Raúl Alcover, entre otros—creó un lenguaje nuevo para decir lo que no podía decirse. Juan de Loxa fue el gran tejedor de esa trama: supo ver que la poesía no tenía por qué estar sola, ni muda.

La colección Cuadernos del Tamarit

A principios de los noventa, Juan quiso continuar aquel impulso fundacional a través de una colección editorial singular: Cuadernos del Tamarit. No eran libros al uso, sino objetos poéticos: ediciones numeradas, manuscritas, cuidadas con mimo artesanal, publicadas sin pretensiones comerciales pero con una clara vocación de memoria.

Entre 1991 y 2007 se publicaron siete cuadernos. Figuras como Mariluz Escribano, Luis Eduardo Aute, José García Ladrón de Guevara o Carmelo Sánchez Muros formaron parte de esa serie.

Yo mismo tuve el privilegio de publicar el número 2. Juan me explicó personalmente el concepto gráfico de la colección, su estructura, su intención política y poética. Recuerdo que un día me llevó con Claudio Sánchez Muros a la imprenta, mientras preparaban mi cuadernillo. Querían que yo viera el tipo de papel, los pliegos, la textura. No era solo publicar: era estar presente en el proceso, tocarlo. Aquel gesto me marcó. Sentí que no solo se editaba un libro, se estaba haciendo algo único, frágil, comprometido.

Juan también me invitó a participar como lector en el programa Poesía 70, en varias emisiones, y llegó incluso a dedicarme uno de sus programas. Aquello no fue solo un gesto, fue una forma de transmisión: un legado oral, ético y estético que ha permanecido conmigo hasta hoy.

El propio nombre —Cuadernos del Tamarit— tampoco era casual. Juan lo eligió como homenaje a Federico García Lorca y a ese lugar concreto que tanto significó para él: la Huerta del Tamarit, vecina de la Huerta de San Vicente, propiedad de la familia de su prima Clotilde. Desde allí, Lorca escribió parte de su Diván del Tamarit, en diálogo íntimo con la tradición árabe y la memoria familiar. Tamarit era una palabra que traía con ella paisaje, herencia y voz. Para Juan, y para mí también, cada cuaderno debía nacer desde esa misma raíz: la que hunde el poema en la tierra.

La nueva etapa: poesía expandida

Por eso tiene tanto sentido que hoy sea yo quien retome esa colección, manteniendo su espíritu pero adaptándola al presente. La nueva etapa de Cuadernos del Tamarit apuesta por una experiencia poética expandida y multimedia. Cada cuaderno incorpora un código QR que abre una puerta a lo que antes solo era posible imaginar:

Lecturas grabadas por el autor, versiones musicadas de los poemas, videopoemas, ilustraciones, y análisis literarios que dialogan con el texto impreso.

La edición física no desaparece. Al contrario: se convierte en detonante, en detonador de una experiencia más amplia, más sensorial, más viva. La poesía ya no se limita al papel; ahora se escucha, se ve, se canta. Como en los tiempos de Poesía 70, pero con las herramientas de hoy.

Recuerdo que en uno de los últimos programas del ciclo, Juan me propuso un ejercicio curioso. Me pidió que leyera como si fuera un poema, sin música, la letra de la canción Hay mujeres, de Joaquín Sabina. Me hizo repetirla varias veces, buscando la entonación justa, la respiración poética detrás del ritmo de la canción. Finalmente, se emitió así, en seco, sin melodía, como si fuera un poema de Juan Ramón. Y en ese momento entendí con claridad lo que él ya sabía desde hacía décadas: la frontera entre música y poesía es una línea que se cruza con la voz, no con la teoría.

Esa experiencia personal —la del recitado sin música para revelar la música del verso— fue también semilla del proyecto que ahora pongo en marcha. No es casual que los nuevos Cuadernos del Tamarit integren audio, canción, interpretación. Juan ya lo había anticipado. Yo solo he querido seguirle el ritmo.

Una escena encendida

Juan de Loxa no solo me descubrió caminos poéticos, también me mostró el modo de caminar por ellos. Me insistió mucho en que leyera a poetas que en aquel momento eran poco valorados, como Elena Martín Vivaldi. Hablaba de su obra con una devoción que no era solo literaria, era ética.

Una vez me contó una escena que él mismo vivió en uno de los programas de Poesía 70, allá por los años setenta, cuando yo aún no vivía en Granada. Había leído en antena el poema Las ventanas iluminadas, de Elena, y pidió a todos los oyentes que encendieran la luz de sus casas mientras sonaba el poema. Y aquella noche, según me dijo, Granada se iluminó. Las ventanas se encendieron como un homenaje colectivo, silencioso, a una poeta que había escrito desde la sombra.

Ya en los años noventa, cuando yo sí estaba en Granada, me invitó a participar en varios actos con ella. Incluso, un día antes de su muerte, me pidió que lo acompañara al hospital para llevarle un ramo de flores. Al entrar en la habitación, le dijo con esa teatralidad que solo él sabía conjugar con ternura:

—Mira, Elena, qué poeta tan joven y tan guapo te traigo.

Esa escena —medio entrañable, medio performativa, como tantas de Juan— es, para mí, la definición exacta de lo que él entendía por poesía: un gesto cuidado, una palabra pública, una forma de atención radical hacia el otro.

1965: el año en que Juan de Loxa afinaba la voz

En 1965, Juan de Loxa tenía 21 años. Estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad de Granada, pero su formación real transcurría fuera del aula: en cafés, tertulias, emisoras, cuadernos y noches con la palabra como única trinchera.

Aquel fue un año de afinación interna. La ciudad vivía bajo la presión de la dictadura, y la poesía se abría paso como gesto político y forma de belleza. Juan comenzaba a experimentar con el medio radiofónico y soñaba con un espacio donde la poesía pudiera sonar distinta, cruzarse con la música, abrirse a la calle. Dos años después, ese sueño se llamaría Poesía 70.

Herencia directa

Aquel deseo de Juan —hacer de la poesía una experiencia total, colectiva, sonora— me atraviesa todavía. No es casual que hoy esa colección lleve mi firma. No como autor, sino como editor que asume la responsabilidad de continuar un proyecto que no me pertenece, pero que me habita.

Cuadernos del Tamarit, en su nueva etapa, no busca repetir lo que ya fue. Busca honrarlo y actualizarlo. Lo que antes fue una edición manuscrita y numerada, ahora se complementa con un videopoema. Lo que antes era lectura en antena, hoy es código QR. Lo que antes era canción de autor, hoy es sampleo y remix. Pero la raíz es la misma: una poesía viva, resistente, popular en el mejor sentido de la palabra.

Epílogo

Rescatar el espíritu de Poesía 70 y de Cuadernos del Tamarit no es un gesto nostálgico. Es un acto de continuidad. La poesía, cuando es verdadera, no envejece: muta, se adapta, se expande, se transforma en otra cosa sin dejar de ser sí misma.

Quienes la vivimos desde dentro —como lector, como autor, como editor, como oyente— sabemos que la belleza no es algo que se encierra en un libro: es algo que se comparte y se propaga.

Y si algo aprendí de Juan de Loxa es que la poesía no se conserva.

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