
El pasado 24 de junio quemé, en una de las hogueras que se prenden en las playas de mi pueblo en el ritual del fuego purificador de la noche de San Juan, el único ejemplar que tenía de Baile de disfraces, mi último libro publicado. Desde entonces no he vuelto a usar el libro físico en ninguna de mis lecturas.

Este año, en esa misma noche, presentaré un adelanto del próximo poemario en el que estoy trabajando. Será un cuadernillo de tirada limitada —69 ejemplares—, numerados y firmados a mano. El título: Versos sencillos para despistar a la poesía. Cada cuaderno contiene un QR individualizado que lleva a la página privada de quien haya adquirido ese ejemplar. La dirección web exclusiva será como una habitación poética, una vía abierta de comunicación directa entre quienes leen y quien escribe. De entrada, los QR dan acceso al poema recitado por mí, la versión cantada del mismo y una lámina explicativa inspirada en el texto. También estará la posibilidad de realizar sesiones en línea, tanto en grupo (talleres de lectura) como individuales. Puedes reservar aquí tu ejemplar.
En un guiño cómplice y directo a Juan de Loxa, voy a cumplir un deseo del genial y añorado pres-ti-di-gi-ta-dor de la cultura, que hacía aparecer la conciencia donde solo había espectáculo, y convertía el escándalo en espejo —de esos que te obligan a mirarte, aunque no quieras verte: continuar con las publicaciones que él solía hacer. Por eso, estos poemas míos saldrán al amparo del sello Diván del Tamarit, el nombre que Juan dio a los cuadernos de poesía que publicaba bajo la ficticia Ediciones de “Poesía 70”. Y no es solo una forma de volver a los orígenes —en esa colección publiqué, en 1994, Patio de butacas, un adelanto de lo que después fue Día del espectador—, sino también hacer de mi capa un sayo, lo mismo que Juan, y sacar mis poemas del mismo modo.
Y recurro a esta vía de autopublicación porque, siendo sincero, las editoriales comerciales que publicaron mis dos últimos libros eran más locales que funcionales —y no siempre en ese orden. Cuando no se limitaron a imprimir sin más, lo que hicieron fue ausentarse: ni seguimiento, ni comunicación, ni distribución real, ni una sola propuesta de presentación más allá de las “obligatorias” contractuales. No hubo estrategia editorial, ni inversión en difusión, ni claridad con las cuentas. Y lo peor: no hubo fe en el libro, ni en el lector, ni en el oficio. Ni siquiera mi último libro aparece todavía en la base de datos de libros editados en España, y ni creo que aparezca, teniendo en cuenta que ninguno de los títulos publicados por esta editorial —más de 40 al menos en total en los dos últimos años— figura en dicho registro. Y aunque la persona responsable me alegue que “no hay ninguna cláusula contractual pactada que obligue a la editora a dicho registro, ni tampoco lo hay según la Ley de Propiedad Intelectual vigente en España para contratos editoriales”, y eso sea así en lo técnico, no deja de ser una forma elegante de decir: no lo hacemos porque no nos da la gana. Lo cierto es que ninguno de esos títulos figura en esa base de datos, lo cual ya no es una omisión, sino un patrón. Mientras tanto, he consultado libros publicados por otras editoriales granadinas en ese mismo periodo, y todos están registrados como es debido, con su ISBN en la base de datos oficial. Animo a cualquier autora o autor de esta editorial a que busque su libro allí.
¿Qué más contar?
Pues sí, hay más. Cuando pregunté por la promoción y la escasa presencia del libro en librerías, me respondieron que ahora está disponible “en cinco librerías físicas y en 239 más bajo demanda”, según la plataforma Todos tus libros. Y acto seguido, me recordaron que si ya no está más visible es porque las librerías devuelven lo que no se vende, y que eso, claro, “no depende de la editora”. Es decir: todo depende, salvo lo que debería depender de ellos. Como broche final, me sugieren que si quiero presentaciones en otras ciudades, lo solicite yo —pagando los desplazamientos— y que ya me lo organizarán. Siempre y cuando, eso sí, yo me haga cargo de justificar que vale la pena mover un dedo. No se han vendido ni un tercio de los ejemplares, me dicen. Quizás porque, más allá de imprimirlos y darlos por publicados, no han hecho absolutamente nada.
Y por si fuera poco, tampoco sé con certeza cuántos ejemplares se imprimieron realmente: nunca recibí la hoja de tirada, ese documento —normalmente una tabla o Excel— donde la imprenta indica cuántos libros han salido físicamente de las máquinas y la editorial especifica el destino de cada uno. No me han facilitado esa información, ni he recibido los ejemplares de cortesía que figuran en el contrato, ni he cobrado un solo euro en concepto de derechos de autor. Es decir, lo único que se me ha entregado hasta ahora es el silencio.
Por eso esta vez me lo monto a mi manera. Porque después de tantos años, merezco que me traten como autor y no como relleno de catálogo.
Porque si no cuidan tu libro, mejor saca tú mismo la cerilla,prende la página y baila a su alrededor. Al menos arderá con sentido.