Las mil y una siestas

5 de febrero de 2012

Y uno sin luz dice en sueños

las soledades eternas.

Javier Egea

Granada, en Pedro Antonio,

donde viven las sombreros,

las que se miran el culo

y sueñan que es caramelo.

Anónimo S.XX

Introducción

Cuando por fin me dejaron -pasada la noche buena- tuve que mudarme rápido a un estudio que mi ex-suegra alquilaba por el barrio donde trabajo. Centenas de euros que la mala bruja me cobrare sin dilema. El estudio…un estudio, entre cueva y ratonera pero con patio andaluz y seis bellas damiselas que sus trapitos diarios en los tendederos cuelgan. (¡Tiradme bragas, vecinas, que iré yo a recogerlas!) Entre tanta picardía alguna oculta belleza ahora baja cada tarde para la siesta. Y se queda. Se queda porque en su casa ningún príncipe la espera y llega triste cantando las soledades eternas. “Ven, morena, a mi regazo y cuéntame así tus penas, que con tu duelo y el mío podremos montar verbena”. “Si yo te cuento, vecino, lo que me aflige y me enferma, el pasar aquí las tardes tal vez fuera tu condena”. “No temas, que tras tus cuitas te cuento yo mis flaquezas y juntos nos libraremos de recuerdos que encadenan”. “Pactemos las condiciones, no te me pongas poeta que ni busco yo la rosa ni seré tu rosa nueva. De nuestra vida presente ni charlas con la portera; de nuestra vida pasada lo que cada cual pudiera contar. No intercambiaremos los datos que sean de agenda: ni los perfiles sociales, ni teléfonos, ni horrendas pequeñas fotografías que mostrar en las carteras; estarán mejor las cosas sin correos, sin correas”. “Me has dejado sorprendido con tu sincera elocuencia, ¡y las correas al fuego, que a mí también me molestan!”. “¡Calla!, y déjame que siga hablándote de otras reglas como la de no pararte si por la calle me encuentras, ni mirar a mi ventana con ojillos centinelas. Nos veremos cada tarde, a la hora de la siesta, lo que en esas horas pase entre nosotros se queda”. Y así dejamos hablado. Lo que desde aquí se cuenta lo narramos juntamente: “Yo, la Vecina”. “El Poeta”. I La Vecina Verás, amigo, que aparece a veces en los seres humanos, la tendencia a dejarnos llevar a las derivas en cuestiones de amor. Y que por más que una tropiece, y caiga, se levante, y suplique que no traiga el futuro ningún otro fracaso, vendrá siempre uno nuevo que con creces logrará superar al anterior en lo bueno, y acaso también en lo peor. Después de haber perdido la inocencia en sus innumerables acepciones, solo quiero contarte mis pasiones bebiéndome este Chivas que comparto contigo, pidiéndote que escuches lo que digo hasta el fin del relato, pues bien sabrás que la curiosidad mata y remata al gato. Que habiéndome embarcado en más de cien amores, y habiendo prometido con cada uno de aquellos no cometer idénticos errores, de mala gana incumplí lo pactado a costa de un buen chico del gimnasio -natural de Alicante-, que fue mi último amante y huyó despavorido cuando añadí nefandas tropelías a mi ya larga lista de dislates. Se llamaba Gervasio, el de los ojos bellos. Cumplió veintidós años y diez días cuando le agasajé con disparates que antes jamás en mí sobrevinieron: en una discoteca le derramé una copa por encima, y a un chico que bailaba en la tarima con seductora mueca me lleve a los servicios; las cosas que en el tigre acontecieron son los más tristes vicios que en mi mediana edad había antes hecho. Ya ves, no saco pecho por ello, mas tampoco he de ocultarlo: prefiero con llorarlo superarlo. No, tranquilo, no pasa nada. Tengo muy fuerte el corazón. Lo que me apena es no poder cambiar lo que yo soy y así tener que darle la razón a quien en mi afección me rinde. Siempre afirma que la gente por sus actos merecen su condena o disfrutar de honor y de abolengo en tiempos sin valores como es hoy. Valiente gilipollas. Es urgente dar de baja su ausencia; no es de fiar aquel quien da cabida a que yo, por herencia, mantenga mi carácter de por vida. Sin embargo lo añoro: sus costumbres, saber hacer reírme en los momentos duros, en mis caídas anímicas. Me gusta la pasión con que se entrega en la cocina: friega dos veces todo, inventa sus recetas y compra los mejores alimentos. Sabe bien que una de mis pesadumbres, la principal de mis características, es ser meticulosa; qué rabietas si algo no está bien puesto, un frasco mal cerrado. Y cómo me molesto si le resta importancia a mi cuidado. Ya ves, no es que agradezca, ni que niegue mi terrible adicción al orden. Pero ¡hasta en eso mi Apolo me ayudaba!: primero soportando mis rarezas sin buscarle las piezas al tetris; y después colaborando, haciendo cada cosa con esmero, con un amor que puede nunca llegue a volver a encontrar. Mas yo husmeaba volátiles excusas pululando en las conversaciones para sacar mis prontos, exaltar mis pasiones, y acabar discutiendo como tontos. Me sienta mal beber, aunque sea poco. Empecé muy temprano, con diez u once, probando los licores que mi padre sacaba en las visitas importantes, de cenas abundantes - sobre el mantel candelabro de bronce- , y mi madre luciendo sus sombreros, sus ridículas poses, su descoco, como perra inquiriendo quien le ladre y la saque de sus atolladeros, con esos falsos aires de dama y protocolo, y soltando desaires con ínfulas de Carmencita Polo. Con mi hermana la mayor, a escondidas, cuando ya los adultos olvidaban la existencia de niños, nos cogíamos del mueble la botella del deseado liquidillo dorado y nos metíamos en el despacho de mi padre. Recuerdo que nos daban después del primer trago, sacudidas pequeñas, titilantes; y leíamos ciertos libros que causaban empacho, emitiendo risitas de tono vergonzante, rubor de señoritas con un ardor terrible y sofocante. Un mal día mi madre, las botellas limpiando, comenzó a sospechar. Trazó una marca sobre el preciado elemento, y esperando el momento un domingo durante la comida echó a mi padre en cara - la trampa era para él- su vuelta a la bebida. El buen hombre, aturdido, rechazó la acusación, pero se olió el pastel y me miró muy serio. “Fueron ellas”, sabía que enunciaba la preclara mirada de aquel pobre que llamando neurótica a su esposa salió del comedor, y como losa de cementerio se encerró en sí mismo por no caer sombrío en el abismo. Era del año la estación del frío, un febrero polar amenazante. Aprovechando que la tarde duerme, de puntillas me acerco al mueble-bar. Segura en mi actuar llevo el licor al cuarto donde sueña mi hermana. Con cuidado, con un guante para no dejar huellas, me sonrío, quito el tapón veloz, y al distraerme una tos de la casa -contraseña que mi madre utiliza cuando va a levantarse-, por mis manos desliza el cierre de cristal. Y a santiguarse. No fue ni la paliza ni el castigo con que mi madre condenó la hazaña lo que más me doliera, sino que señalara a quien no tuvo nada que ver, mi hermana, quien culpable, con un gesto admirable, se declaró para evitar azotes sobre mí. Bien sabía de la saña que gastaba mamá para consigo. ¡Y cómo atormentaba aquel callar de un padre sin lugar! Por eso, aunque quisiera, no puedo perdonar a quien mantuvo sin mover sus bigotes tan cobarde actitud ante el ultraje, que si un hombre consiente la tortura de su progenie con sandez de paje con su conciencia irá a la sepultura. Tengo que hacer un descanso porque me vence el dolor causando tal amargor que hasta de hablar ya me canso; cuenta tú, pues, con franqueza que a escucharte me dispongo. No dudes de mi entereza que en el llorar no hay rareza y enseguida me repongo. El poeta Infancia: son imágenes de playas de invierno, de una casa de verano en pleno monte, de la escuela pública y un gris aprendizaje de cristiano. Nunca fui de conquistar atalayas, ni haber hecho recuerdo cosa impúdica. La familia: república de mujeres pacientes, consejeras, valientes, encubridoras, fuertes, más modernas, más clásicas, perennes –casi eternas-, sabias, sensibles, fotos sin encuadre, todas buenas, con piernas, primas, tías, abuelas y mi madre. Hubo además un padre, un abuelo y un yayo, ciertos tíos que vivían lejos y un holandés que fuera errante. Y tres primos que no me conocían. Adolescencia: fue primero vuelo a ras de suelo, tímido, cambiante; después fue más vibrante, con noches extranjeras y dulces camareras, y el glamor de la Costa en los ochenta; noches de espera paterna, tormenta por regresar a casa a ciertas horas, oliendo a hierba menta y ron de dama-noche con auroras. Juventud: vino frívola primero, con una vil mudanza malquerida, vivir en la ciudad, dejar mi gente -ningún amor llevaba por herida, nada me retenía por entero; pero yo me sentía incompetente para un nuevo presente con la ausencia del mar, la familia, charlar con los amigos, caminar de noche por la arena, vestirme de fantoche en carnaval-, dejar la libertad en el camino: un broche amargo a mi primera pubertad. Después y hasta el presente en el que hablamos, me he enamorado algunas noches y he ido dos veces al sagrario de la arcadia, mas la felicidad no he conseguido. Tuve un aborto, un hijo al que amo –vamos juntos al bosque donde el agua irradia y donde el viento radia un manantial de luz y la música azul del riachuelo-, adoro, imploro, añoro, evoco, anhelo y tantas veces lloro. Lo demás escribir, vivir la vida sin dama y sin tesoro, esperando a que llegue la partida. De la herida final, como a Pessoa, desasosiego solo me ha quedado porque quien en su vientre tuvo a mi hijo por las dunas de un aire enajenado se fue. No es que la rabia me corroa por no haber descifrado el acertijo, ni tampoco me aflijo -aunque me decepciona- por la horrenda encerrona con la que me botó del paraíso. Lo que me causa este dolor inciso es mi única obsesión y mi quimera: conquistar su permiso para ver a mi niño cuanto quiera. El tiempo que vivimos, como todos los tiempos de una vida, sobrepasa a nuestra percepción y expectativa del mismo. Bien lo sabe quien fracasa, deja de ser quien fue y con malos modos juega sucio. Tomar la iniciativa con paciencia, inventiva, con mucha mano izquierda y sin tensar la cuerda es la mejor manera de afrontar el abusar de quien perdió el lugar en este mundo, quien tiró el futuro a la hoguera del odio incandescente, como fruto maduro al que vemos pudrirse lentamente.   [polldaddy poll=5892405]