Paseo solitario por el barrio

12 de enero de 2013

Pasea el solitario por las calles de la ciudad antigua. Va pensando en el paso del tiempo, los detalles de su ración de vida y contrabando.   El camino empedrado, cuesta arriba, alegoría involuntaria y cierta de lo que lleva andado. Le incentiva el zurear de una paloma alerta.   Al llegar a la plaza se detiene. Por ser rectangular recuerda a Borges, por la bifurcación que le deviene. Y se acuerda de Jorge, los dos Jorges,   su amigo muerto y el fallecido autor que le aconsejan no apartarse ahora del principal sendero. Oye el rumor de la gente sentada. Mira la hora.   Mientras va andando lo analiza todo: gestos de conocidos y viandantes, las hordas de turistas, al beodo de la esquina que alegra con sus cantes.   La idea de la muerte le sorprende al llegar a la puerta de una iglesia; nunca ha creído en dioses ni defiende el ateísmo férreo, disestesia   de quienes siempre buscan los extremos. Lleva bien aprendido lo que importa: no contar con sacerdotes supremos, sí con lo que el camino nos aporta.   ¿Y del amor? ¿qué sabe del amor? Sabe que lo esencial es la familia, el hijo que nació como una flor de invernadero que al final concilia.   ¿Y el otro amor, aquel que nos trastorna y nos llena de noches encendidas, aquel que de repente nos soborna apretándonos con fuerza las bridas?   No quiere el solitario recordar las veces que ha perdido la batalla en los briosos campos del amar, donde la pena siempre es la metralla   que se queda en el cuerpo del amante vencido. Nunca supo retener al lado boca alguna que le cante bellas albadas al amanecer.   La tarde va cayendo. Se dirige al mirador enfrente del palacio, monumental estampa que se erige sobre el rojizo bosque. Muy despacio   se dispone a tomar fotografías que en un futuro puede le recuerden la oscuridad que siente en estos días de comienzos del año. No se pierden   los momentos difíciles del todo, pero siempre se borra alguna cosa. Se encamina hacia un parque. En un recodo se encuentra con la sombra misteriosa.   Las sombras no le siguen, nunca salen de la casa. Por eso le estremece aquellas que en las calles sobresalen al paso del portal número trece.   No son solo las sombras cotidianas que encuentra normalmente lo que aterra al paseante. Son presencias truhanas que están en las entrañas de la tierra.   La que hoy le acongoja es colorida y no sabe de dónde habrá salido; es una sombra parda parecida a la otra que ya ha visto y que ha sentido.   Es la sombra que vaga en el corral de vecindad en donde habita: Cuesta del Deseo 90, un infernal hogar que vive con la muerte puesta.   Amarilla la parca, en bata azul a veces por su patio da unas vueltas, sin memoria presente, con un tul de remembranzas tristes que andan sueltas.   Al jinete, el caballo caballero muda; la indiferencia hace que en vida se destierre a un olvido duradero a quienes nos causaron grave herida.   Cuando muere el amor nacen las sombras, cuando nacen las sombras la luz huye. La noche cae de golpe cuando nombras la causa de tu mal. Todo concluye.   Regresa el paseante solitario a la casa del frío. Allí divisa la muralla en ruinas que a diario le echa en cara que el tiempo va deprisa.