Dejé la casa abierta, las ventanas en vuelo. Javier Egea Como después de un pacto del que no se conocen los detalles, desconcertado y solo el hombre del adiós regresa al mundo. Ya no buscan sus ojos la mirada de nácar de la muerte, las huellas que en el aire reproducen su nombre, la pequeña sonrisa de su reino, su voz azucarada. Camina entre viandantes que con rostros anónimos sugieren nuevas amenazas, sentencias que se erizan por la piel una vez escuchadas y clavan su aguijón de verdad incisiva, de veneno letal, allí donde más duele, en esa oscura zona del recuerdo que el hombre del adiós no consigue olvidar. Es por eso que ahora, tras observar los pasos que hasta el momento ha dado, el hombre del adiós regresa al mundo, se arranca el corazón con sus dedos de plomo, y finge que se va sin despedirse.