No te enfades -demasiado- si es que acaso te llega este Diario de M que estoy comenzando ahora. La verdad es que nace con una única intención -además, claro, de servirme de desahogo personal y temporal- que no es otra que sincerarme contigo y decirte -sin acrimonia- cómo te veo yo a tí, en respuesta a todas las veces que he tenido que oír en los últimos meses lo que no te gusta de mí y cómo te caigo -espantosamente mal; en ocasiones hasta yo mismo me veo abominable, tal como adjetivaría yo a cualquiera que alguien me describiera como tú me describes a mí-. Y es por ello por lo que me estoy tomando la molestia de reflexionar sobre nosotros, y de cuál el empeño por mi parte de segur contigo si tú ya me has dicho -por activa y por pasiva- que nada sientes por mí. Y comenzando a darle vueltas al coco, lo primero que me viene es recordar que tú ya ni siquiera quieres leerme, que has llegado a decirme que terminarás odiando la poesía -supongo que te referirás a la mía, lo cual no es mala idea pues escribo una poesía odiosa-, lo que me lleva a tomar la determinación de no hablarte de sobre este Diario de M. A veces has insinuado que tal vez algunos de los textos o poemas con los que te has sentido bombardeada últimamente no fueran del todo sinceros, que estuviera mintiendo en ellos con el único objetivo de convencerte para seguir juntos. Quiero aclararte que si te hubiera mentido por medio de mi palabra escrita no habría sido por protegerme a mí, ni por preservar nada para mí -al contrario, el escritor que miente al escribir lo único que hace es mentirse a sí mismo, que sus palabras no alcancen toda la veracidad que pretenden transmitir-; más bien si algo hubiera silenciado en mis cartas o poemas respondería a un afán por protegerte a tí, por no dañarte diciéndote algunas cosas que hace tiempo deberíamos haber tratado, y todo aún a riesgo de mi propia dicha. Por eso este Diario de M lo planteo desde la sinceridad más absoluta a fin de poder gestionar mejor esta crisis o ruptura. Y la consiguiente pregunta que me hago ante este planteamiento es si merece la pena que mi propia felicidad esté en manos de alguien, que renuncie a la alegría que siempre me ha caracterizado por una persona que me trata mal. Y aunque de manera automática mi razonamiento me lleve a contestar que por supuesto que no, acto seguido mis sentimientos piden la palabra, mis entrañas se amotinan, mi corazón se rebela y mi voz dice que sí, que sí merece la pena si por ese alguien estuviésemos dispuestos a dar la vida. Yo te propuse una especie de pacto de no agresión y algo de afectividad para evitar caer en la locura de quien se sabe durmiendo con el enemigo en la cama -recordando un thriller de comienzos de los 90 protagonizado por Julia Roberts-, y hoy por hoy entiendo que no debo forzarte a pactar nada que vaya en contra de tus sentimientos, por lo que -no sé si te habrás percatado- he comenzado a darte espacio, a dejarte aire para que no te agobies -por ejemplo, quedándome en Granada con cualquier mínimo motivo- , y en pos también de este intento por ir ante todo en busca de la verdad -la que tú me niegas y la que yo no te he dado.-, de la verdad sobre tí, de la verdad sobre nosotros, de la verdad de la familia y -lo último y más importante- de la verdad más profunda de mi propio interior. Por eso tomo conciencia de que forzarte a un pacto de falsa afectividad sería hacer mayor la maraña de mentiras a las que me agarro para no admitir que no quieres que yo signifique nada en tu vida presente ni futura. Y para que esa bola no siga creciendo, ni yo caiga en la horrible trampa del autoengaño -y para evitar que cuando llegue el momento en el que la separación física se consume se me haga todo mucho más difícil, como tú misma me has advertido- voy a contarte los motivos que yo -al igual que tú- podría tener para no quererte, haciéndote saber cómo te veo en relación con algunos aspectos de tu carácter, ideología y personalidad -varios de los cuales ya te he mencionado en ocasiones, aunque sin explicarte los porqués-, apelando de nuevo a la sinceridad conmigo mismo, aún a riesgo de que algunas cosas nos duelan o me cueste trabajo decirlas. Cada entrada, pues, de este Diario de M versará sobre un determinado tema de nuestra relación hasta ahora o sobre aquellos aspectos positivos y negativos -tanto tuyos como míos- que pienso nos hará bien contarlos en "voz alta". Y todo esto no es otra cosa que el intento de llegar a lo bueno aunque sea a través de lo desagradable, o como decían los latinos -que me corrija Antonio- "Ad astra per aspera". Por cierto, cada entrada llevará por título una locución latina, unos versos, un pensamiento. Y si finalmente la terapia resulta efectiva y de algo me puede servir agarrarme las tripas y agarrarme a las palabras, no quedará en vano todo el tiempo que pueda dedicar a estos textos, sobre todo si consigo que en el futuro se me cure este desasosiego que me atenaza y congigo libremente brindar por ello, por las cosas que no decimos.