¿Por qué se editan tantos libros hoy en España?

26 de abril de 2025

¿Por qué se editan tantos libros hoy en España?

Es fácil entender el exceso de libros que se publican en nuestro país cuando uno observa con atención cómo funciona gran parte del mercado editorial actual: el/la autor/a presenta manuscrito a editora/editor; editorial hace presupuesto; autor paga; editorial publica; autor tiene que buscarse las castañas para la promoción; autor tiene que vender libros; autor compra libros; editorial distribuye solo en red y en librerías de la ciudad del autor (con suerte); editorial gana, pero gana poco, por eso vende su producto -el libro- a quien lo genera (autoras y autores), pero como los márgenes de beneficio son tan escasos necesita a cuantas más “nuevas voces” mejor para poder seguir viviendo del cuento, de la poesía o de las novelas que no dejan de llegar a manos de editoriales sin escrúpulos ni sesgo crítico alguno. Así podemos ver cómo pequeñas editoriales locales con ínfulas de Grupo Planeta llegan a presentar hasta doce novedades en las ferias del libro. Por docenas, como los huevos. No digo que no haya lugar para la autoedición, pero cuando se camufla como “publicación editorial” y se abandona el trabajo serio de edición, corrección, distribución y promoción, se está falseando el mercado.

Y no se trata de que falten voces interesantes, ni de que el amor a la literatura esté en crisis. Todo lo contrario: nunca ha habido tantos autores deseando escribir, tantos lectores ávidos de historias, tanta necesidad de palabras. El problema es otro: muchas editoriales han renunciado al criterio, a la exigencia, a la apuesta por proyectos que realmente aporten algo al lector o a la cultura. Hoy, en demasiados casos, se publica no lo que merece ser publicado, sino lo que puede ser vendido con rapidez. Se edita cualquier texto que suene mínimamente comercial, cualquier manuscrito que prometa un beneficio inmediato, sin preocuparse demasiado de su calidad, su rigor, su valor literario o su contribución cultural. Correcciones mínimas, portadas llamativas, estrategias de marketing aceleradas… El libro convertido en un producto de usar y tirar, no en una obra destinada a perdurar.

Así es como se entienden cifras alarmantes: más de 80.000 títulos al año en España, según el informe de Comercio Interior del Libro. ¿Es posible que en un solo país se escriban 80.000 libros que merezcan llegar a imprenta? Todos sabemos la respuesta. El exceso de publicaciones no es sinónimo de vitalidad cultural: muchas veces es el síntoma de una mercantilización brutal de la literatura. Se edita mucho porque se selecciona poco. Se publica demasiado porque se arriesga nada. Se convierte al libro en un bien de consumo efímero, a veces más cercano a una campaña de temporada que a un acto de creación consciente.

Y en ese mercado desbordado, ¿qué pasa con los buenos libros? A menudo quedan sepultados bajo la avalancha, pierden visibilidad, o simplemente nunca encuentran el espacio para llegar a su público natural. La literatura de calidad no siempre es la más ruidosa. Necesita un editor que crea en ella, que se atreva a esperar, que acepte que no todos los libros son para todos los públicos ni para todos los momentos.

Por eso, cuando uno encuentra una editorial que apuesta por cuidar lo que publica —aunque sea pequeña, aunque edite menos títulos al año—, merece todo nuestro respeto. Porque editar debería seguir siendo un acto de amor a la literatura. No un simple ejercicio de maximización de beneficios. Así que la próxima vez que veamos un escaparate saturado de novedades, o una plataforma digital atiborrada de lanzamientos idénticos unos a otros, recordémoslo: el exceso no es riqueza. El exceso es ruido. El exceso es olvido asegurado.

Y no hará falta esperar mucho para verlo: en la próxima Feria del Libro de Granada lo comprobaremos de nuevo. Montones de libros mal editados, lanzados al público con prisas, como quien lanza pan a las palomas; autores que firman a destajo en mesas frías mientras sus obras desaparecen de las librerías en cuestión de días.

Porque mientras distraen su esfuerzo en el escaparate fácil, abandonan lo esencial: la distribución digna, el registro riguroso, la presencia en los catálogos que preservan la memoria de un país. No hacen un trabajo editorial real porque han decidido que editar ya no significa construir futuro, sino cazar ventas fugaces. La precariedad de medios, la falta de personal cualificado y, en demasiados casos, la desgana o el desprecio por la profesión, han convertido el noble arte de editar libros en una feria de improvisación continua. Se prioriza la urgencia comercial frente al legado cultural. Se llena el calendario de firmas mientras se vacía el de obligaciones editoriales reales.

Y para completar este paisaje de ruido, tampoco faltan quienes, amparados en la libertad que otorga el paso del tiempo, exprimen los grandes nombres de la literatura universal —ya libres de derechos— para construir sobre ellos libros vacíos, repetitivos, llenos de lugares comunes y banalidades. No son solo algunos autores los que caen en esta tentación oportunista: también son muchas editoriales las que, movidas únicamente por el interés comercial, fomentan y permiten estas publicaciones apresuradas, sabiendo que el reclamo de un gran nombre bastará para vender ejemplares, aunque se vacíe su sentido y se banalice su legado.

Federico García Lorca es, una vez más, uno de los grandes damnificados: su vida, su obra y su mito son usados como etiquetas de consumo rápido, despojados de su complejidad, de su rebeldía, de su verdadera trascendencia. Es fácil homenajear lo que ya no puede defenderse. Más difícil —y más honesto— sería acercarse a esos nombres con respeto, con estudio, con amor verdadero a la palabra. No con la prisa ciega de quien publica por publicar.

Y entre todo ese simulacro de vitalidad, la literatura de verdad, la que debería ser protegida y cultivada, queda relegada a un segundo plano. Es un milagro que aún consiga abrirse paso entre tanto ruido interesado. Pero quienes amamos la literatura —no el espectáculo que la suplanta— seguimos atentos, seguimos buscándola, seguimos apostando por ella. Aunque sea contra corriente. Aunque sea en voz baja. Aunque sea solos.