No hace mucho que alguien me regaló un cuaderno comprado en un puesto del mercado de Candem Town, en Londres, haciéndome prometerle al dármelo que lo aprovecharía como es debido. Casualmente, el cuaderno es exactamente igual a otro que el escritor Alfonso Salazar le regaló a un querido amigo mío, tras la vuelta de un viaje que el primero hizo a la capital inglesa con motivo de su cuarenta cumpleaños, y en el que vino a conocer y ponerle rostro a su personaje Matías Verdón. Y es, precisamente, a una novela de la serie Verdón a la que correspondería un local como este desde donde escribo. LA PULGA QUE TOSE, situado a la entrada del Puerto Deportivo, junto a la Delegación de Urbanismo del Ayuntamiento de la ciudad, es un bar-karaoke del que hay que adivinar su nombre, pues al letrero de la entrada le arrancaron dos de sus letras (la L y la G de pulga) dando pie a inmumerables conjeturas. Pero el local no tiene desperdicio: la base de su decoración -que me recuerda a la de ciertos garitos del barrio rojo de Amsterdam, con los bob marleys de madera descansando sobre sus Harleys, trompetón en la boca incluido- es la tela roja aterciopelada y los manteles de croché, dispuestos sobre unas minúsculas mesas de madera, con sus correspondientes pequeños taburetes alrededor y una hilera de asientos acolchados con la pared como respaldo. Del techo cuelgan incontables plumas de colores, que parecen sacadas del sombrero de los indios, y banderitas de feria; y bajo el cielo multicolor del karaoke, apretujados en los asientos más cercanos al pequeño escenario, una chiquillada enorme espera impaciente la conquista del micrófono. Para su desgracia, la dueña del garito -una rubia de bote con grandes tetas de silicona- y su acompañante interpretan a dúo a Pimpinela. ---------------------------- Continente consultó una vez más su reloj de bolsillo. Eran ya casi las siete, y por allí seguía sin aparecer nadie. A los retrasos del Uñero hacía ya tiempo que no les daba importancia, pero le parecía increíble que aquel tipo de Granada que tanta prisa le había metido despertándolo a las 10 de la mañana para convocarle a una reunión urgente ese mismo día (a las 3 en el ayuntamiento de tu pueblo, en lo de urbanismo, no lo olvides: es cuestión de vida o muerte), no hubiera llegado todavía. Si les hubiera pasado algo -a Verdón lo acompañaba una especie de ayudante al que llamaban Desastre-, una avería en el coche o cualquier otro contratiempo le habrían llamado al móvil. Empezaba a preocuparse, más que nada por él mismo. Llevaba ya demasiado tiempo acariciando la posibilidad de tomarse una copa, y el día había estado repleto de tentaciones.