De pronto, al repasar su antigua agenda para anotar teléfonos y nombres en el portátil que su mujer le ha regalado, el hombre incorruptible, el político honesto que ama a un dios los domingos, a sus hijos los sábados y a su esposa los viernes y otro día -no fijo- a la semana, descubre que en la página de los husos horarios está aquel viejo número, que le dio aquel marine americano, cuando aquello del Golfo, en aquella pensión, y con aquellos labios.