Sombra desaparecida

24 de enero de 2012

Dominando el estudio el maltrecho sofá-estampado de flores descoloridas. Alguien en él se hunde. En penumbra dispone lo que hará durante el resto de otro día. Vive como viviendo en sí algún momento antes jamás vivido, mas soñado en aquellos lejanos veintipocos. Eran otros propósitos: afán de independencia, vida propia. Entonces tú ya estabas. De la inutilidad de la tristeza lo sabe por amigos y enemigos, por familias enteras, por famosos psicólogos y por el psicoanálisis, por Twitter y por Facebook, y por la vasta tropa de poetas que así lo han declamado. Y sin embargo sueña cada tarde con la brisa del mar de un mes de octubre. Y encima se le viene el mundo. En ese mes tú estabas. De pronto se endereza, se mira en el espejo. Sus ojos nada quieren. Tan solo esperan a que den las nueve para poder hablar un rato con el hijo. Se prepara un café. Sale a un pequeño patio con columnas neoclásicas, con fuente, y un olor nauseabundo del shawarma que tiene justo encima. Se maldice por no haber acabado a Proust a tiempo, como si de un augurio en sueños se tratara. Y en ese sueño estabas. “Cuando los cuerpos mienten se merecen arder en la fogosidad de la pasión”, se dice. Da un profundo suspiro porque añora su hogar, la calidez de sus costumbres. Pone la radio, se contiene las ganas de sentirse desgraciado por el hecho de haber nacido, y se inclina por la felicidad: será con su hijo el viernes, después de dos semanas, y podrán disfrutarse como entonces. Y entonces ya no estabas.