
Pensar el mundo hoy es pensar la venganza.
Leyendo a Luis García Montero (“El momento de la venganza”) me resuena esta idea: estamos atrapados en una espiral de revancha. Individuos, sociedades, gobiernos. La rabia como motor, la respuesta inmediata como plan a largo plazo. Pero, ¿qué nos queda si todo es devolver el golpe?
Borges decía que el olvido es la única venganza y el único perdón. A veces parece la mejor opción para lo personal: dejar atrás lo que nos traiciona, lo que se vuelve incompatible con nuestra forma de ser. Pero en lo colectivo, en lo que marca nuestra historia, olvidar no es una opción. Ahí, la memoria es lo único que nos salva.
Marco Aurelio afirmaba que la mejor venganza es no parecernos a nuestros enemigos. Y quiero creer que es cierto. Que hay otra forma de caminar en medio de este caos sin traicionar lo que somos. Que no todo es responder con la misma moneda ni ganar la pelea.
Pero, ¿qué pasa cuando la afrenta conlleva una agresión física?¿Es suficiente olvidar o necesitamos justicia? O cuando se produce un caso de acoso en el trabajo ¿también debemos ser magnánimos y generosos, dejar pasar hechos que merman hasta la confianza en uno mismo o enfrentar lo ocurrido para que no vuelva a suceder? Y volviendo a lo personal, ¿qué hacer cuando uno sabe que alguien a quien nos sentimos unidos, al menos en un segundo grado de amistad, deja de contestar tus mensajes o nos borra de su vida porque le han tergiversado el relato de una historia sobre ti? Cuando alguien distorsiona la verdad sobre uno y el olvidado eres tú, que sabes, además, que ese olvido esconde una injusticia: ¿interpelamos a la verdad o dejamos que nos saque de su vida aquel o aquella que no se paró a escuchar tus razones?¿que quien no nos preguntó siga su camino?
Seguir pensando, seguir caminando. Recordar cuando hace falta. Olvidar cuando es necesario. Vengar al olvido.