El pasado lunes 28 de julio regresé de una estancia de veinte días en la residencia literaria Villa Joana, una antigua masía de la parroquia de Vallvidrera, enclavada en pleno parque natural de la sierra de Collserola. Después de un breve jet lag físico y emocional, quiero compartir –en una serie de publicaciones– mi experiencia en este lugar tan especial.
Esta primera entrada es, sobre todo, un mensaje de gratitud: a todas las personas y entidades que hacen posible que iniciativas como estas sean inolvidables.
Gracias a Janis y Carlota, de Barcelona, Ciutat de la Literatura, por facilitarnos absolutamente todo –desde antes de nuestra llegada hasta después de nuestra partida– y haber organizado junto al Pen Catalá –gracias Gemma y Olga por la acertada decisión de propiciar la estancia en la residencia de Mehdi Mousavi y Olga Bubich– el encuentro literario que tuvimos en la Villa.
Gracias también al Museu d’Historia de Barcelona por mantener vivo este edificio emblemático y significativo por la historia misma de la vivienda y por ser memoria presente del escritor Jacint Verdaguer, figura clave en la Renaixença de la literatura catalana moderna.
Y mil gracias, moltes gràcies a la Dolors, la guardesa, quien me abrió la puerta la primera noche con su perrito al lado, pendiente en todo momento por si necesitaba cualquier cosa, y dándome valiosos consejos, como ahorrar veinte minutos de camino para ir al supermercado tomando una de las varias rutas que hay desde el parque natural hasta el pueblo de Vallvidrera.
Y por supuesto, gracias a Jesús Ortega, de Granada, Ciudad de la Literatura por impulsar esta iniciativa que conecta a dos ciudades literarias y hace posible que escritoras y escritores de ambos sitios disfruten de un periodo de tiempo de plena dedicación a la escritura.
Finalmente, quiero expresar mi más sincera gratitud por haber compartido espacio, experiencia, conversaciones y silencios con Mehdi Mousavi y Olga Bubich, ambos exiliados –él de Irán, ella de Bielorrusia– y unidos por la palabra como herramienta de libertad.
Olga es escritora y fotógrafa. Exiliada en Berlín desde 2022, lleva más de veinte años escribiendo y trabajando sobre la censura, la memoria histórica, la represión soviética y la posmemoria en contextos postsoviéticos. Durante el encuentro literario que mantuvimos en la residencia, nos leyó un ensayo autobiográfico en el que reflexiona sobre su relación con la lengua bielorrusa: marcada por la vergüenza, la resistencia y, finalmente, la recuperación. El bielorruso acompaña a Olga desde que era niña.Y lo contó de una manera muy poética con la lectura de uno de sus textos más recientes, fechado en abril de 2025, en Berlín, y que lleva por título “El idioma que esperaba en el umbral”. Es un texto emocionante y dolorosamente lúcido, en el que Olga narra su biografía lingüística: cómo aprendió el bielorruso en la infancia, cómo lo vio marginado por el ruso y cómo la lengua se convirtió en memoria, creación y resistencia. El bielorruso fue la lengua de su padre –un borracho que soñaba con escribir– y fue también la lengua silenciada por la historia: purgas, rusificación, propaganda. Hoy –escribe Olga– sigue siendo para muchos un gesto de rebeldía decir dziakuj en el ascensor, comprar un libro en mova, hablar aunque cueste.
Hace un siglo hubo una mujer catalana -aunque accidentalmente nacida en Madrid- que hablaba aunque costara. Me refiero a Federica Montseny. La gente acudía a recibirla a las plazas a las que se acercaba a pronunciar un discurso -pistola al cinto durante su etapa de Ministra de España en plena guerra civil- y se decían unos a otros: “ahí viene la mujer que habla”. En una época en la que era una anomalía que una mujer hablara en público, Federica consiguió no solo ser la primera en formar parte de un gobierno en España -y de las primeras de Europa-, sino que durante su breve mandato promovió leyes como la del aborto o impulsó la creación de centros de atención para embarazadas sin recursos, todo desde el anarcosindicalismo ibérico, que tuvo su epicentro en Barcelona, como de manera tan extraordinaria nos narró el gran escritor barcelonés Eduardo Mendoza en la que fue su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, que este año ha cumplido 50 desde su primera edición (por cierto, que dejé olvidado mi ejemplar, copiosamente anotado durante más de tres décadas, en uno de los vagones del ferrocarril pocos días antes de volverme).
Hoy por fortuna ya no es una excepcionalidad ser “la mujer que habla”, pero desgraciadamente sí hay mujeres que siguen siendo perseguidas en muchísimos, demasiados países. Por eso son tan importantes trabajos como los de Olga Bubich, que nos siguen abriendo los ojos a la realidad de las lenguas minoritarias. Y lo más significativo -para mí- es que su texto me llegó traducido al catalán, lengua que siempre me ha gustado y querido aprender. Y eso importa. Porque hay lenguas que no solo traducen, sino que salvan. Lenguas que desde su propia historia de lucha por existir (recordemos cómo durante el franquismo el Nou Camp era de los pocos sitios públicos donde la gente podía hablar en catalán con total libertad) saben reconocer la herida ajena y hacen comunidad desde la resistencia. El texto de Olga es un homenaje a todas las lenguas que luchan por seguir vivas. Y a quienes, desde el exilio o desde dentro, se resisten al silencio.
La historia de Mehdi Mousari, poeta, farmacéutico, activista cultural y figura clave del movimiento literario iraní conocido como ghazal posmoderno es, en parte, similar a la de Olga. A ambos los conecta ser voces exiliadas que usan el lenguaje como herramienta de libertad. Mehdi estuvo en prisión hasta en tres ocasiones, la última por el poema que estaba escribiendo en su cuaderno de trabajo, en una inspección rutinaria a su casa de la policía de la moral. En 2015 fue condenado a años de cárcel y latigazos, por lo que huyó al exilio. Actualmente reside en Noruega.
El ghazal posmoderno nace en Irán en la década de los 90, combinado estructuras clásicas del ghazal con pensamiento posmoderno, sociología, filosofía y crítica cultural. Como rasgos claves destacan la ruptura entre lenguaje decoroso y coloquial, el uso de la ironía, el humor negro y la crítica social. Los temas incluyen amor no correspondido, fracaso, tabúes, desigualdades sociales y represión religiosa o ideológica. La poesía de Mehdi lleva la tradición hasta el límite, con un tono que satiriza y homenajea al mismo tiempo.
En cuanto Mehdi, un día en la cocina de Villa Joana, pronunció la palabra ghazal para explicarme el movimiento poético al que pertenece, lo primero que se me vino a la cabeza fue nuestro poeta Federico García Lorca. Y así se lo dije a Mehdi. Porque enseguida noté la similitud entre la palabra persa y la palabra ‘gacela’, y me acordé de las gacelas como forma poética que Lorca incluyó en su libro El Diván del Tamarit, publicado póstumamente. Ese libro de poemas es un claro homenaje del poeta a la poesía árabe-persa, ya que un diván (dīwān ‘archivo’) además del asiento donde nos pueda sentar cualquier psicoanalista, es una colección de poesía, generalmente ghazales y qsidas, escritas por una misma persona. Los ghazales persas tradicionales eran poemas breves, compuestos por varios pareados independientes con rima consonante, tras la que aparecía un radif (estribillo o palabra repetida al final de cada verso), unidos por un sentimiento apasionado y un mismo leif motiv hacia el amor y el dolor de la separación. Lorca no respeta la métrica clásica del ghazal, pero sí su musicalidad, la intensidad emocional y la imaginería simbólica: el amor, la agonía, la belleza efímera:
(…) siempre, siempre: jardín de mi agonía,<br />tu cuerpo fugitivo para siempre,<br />la sangre de tus venas en mi boca,<br />tu boca ya sin luz para mi muerte.
("Gacela del amor imprevisto", Gacela 1)
Federico García Lorca divide su libro de poemas en gacelas, poemas de temática amorosa, y casidas, con la muerte como tema principal. La primera mención del proyecto de libro data de 1934, cuando iba a ser impreso por la Universidad de Granada, con un prólogo del arabista Emilio García Gómez. El título elegido por Lorca tampoco era inocente ya que ponía a la ciudad de Granada como cruce de culturas. Al llamarlo diván, Lorca sitúa su libro en una tradición poética orientalizante, erótica y espiritual, pero reinterpretada desde su mundo andaluz. Además, Tamarit era una de las huertas de la familia Lorca en las afueras de Granada, junto a la de san Vicente, que es la única que se conserva y es hoy Casa Museo del poeta. Era un lugar íntimo, ligado a la infancia y al paisaje de la vega, donde Lorca pasaba temporadas escribiendo, tocando el piano, dibujando o recibiendo amigos. Por eso El Diván del Tamarit combina lo árabe y lo andalusí con lo personal y granadino, con el Tamarit como espacio afectivo y mítico.
(…) El día no quiere venir<br />para que tú no vengas,<br />ni yo pueda ir.
Pero yo iré<br />entregando a los sapos mi mordido clavel.
Pero tú vendrás<br />por las turbias cloacas de la oscuridad.
Ni la noche ni el día quieren venir<br />para que por ti muera<br />y tú mueras por mí.
("Gacela del amor desesperado”, Gacela 3)
Pienso que, formalmente, la propuesta de Ghazal posmoderno de Mehdi está próxima a la gacela lorquiana. Mehdi también rompe con el esquema de rima tradicional del ghazal clásico, aunque conserva uno de sus elementos claves, el radif o repetición (“Le dije”). Esta anáfora rítmica crea una secuencia de pareados autónomos pero conectados, como en el ghazal original.
Le dije
Le dije:
No te pongas el vestido rojo;
no somos comunistas.
Le dije:
No te pongas el vestido negro;
no somos anarquistas.
Le dije:
No te pongas el vestido verde;
no somos revolucionarios.
Le dije:
en este país,
a los que van desnudos los dejan en paz.
Al final, vinieron a buscarnos
y nos apedrearon.
No hay manera de saber quién tiró la primera piedra;
no recuerdo el color de la camisa que llevaba.
La última piedra la lanzó alguien
que creía tener derecho a lanzarla.
El ghazal de Mehdi Mousavi introduce una voz irónica, crítica y cotidiana, que sustituye la exaltación amorosa o mística por un comentario político y desengañado. El poema se mueve desde la autoprotección simbólica (“no te pongas el vestido rojo”) hacia una violencia inevitable (“vinieron a buscarnos y nos apedrearon”). Reprime la expresión política por miedo a la persecución: rojo, negro, verde = comunismo, anarquismo, revolución. Además, denuncia el absurdo de la represión: ni aún desnudándose (metáfora de neutralidad extrema) se evita el castigo. El final introduce una crítica al delator interno, el que tira la última piedra y “creía tener derecho” a hacerlo, un giro que apunta al colaboracionismo o a la violencia interiorizada.
Y una gran diferencia entre ambos poetas: mientras Lorca mantiene una estética de la sublimación poética, donde su dolor se vuelve canto, belleza y elegía amorosa, Mehdi rechaza la sublimación y mantiene un lenguaje seco, directo, sin consuelo ni ambigüedad. Lorca canta al amor trágico; Mehdi denuncia la represión social, describiendo un realismo brutal, incluso irónico, un mundo donde el miedo a los símbolos y la violencia interiorizada destruyen incluso el acto de hablar.
Por eso son tan importantes voces como las de Mehdi y la de Olga: que no callen a los hombres y mujeres que hablan y seguirán hablando. Y que nunca les falte un lugar, como la Villa Joana, desde donde seguir hablando.